sábado, 4 de octubre de 2014

Retiro de Octubre

  Tras los Ejercicios Espirituales y la semana de formación previa al inicio de las clases, el 4 de octubre tuvimos nuestro primer retiro mensual de este nuevo curso. Nos predicó en esta ocasión D. José Luis Loriente Pardillo, párroco de Villarejo de Salvanés.
  El tema de este retiro fue la espiritualidad de lo cotidiano.  Con textos sobre la vida oculta de Jesús, tanto de la Escritura como de algunos teólogos –como J. Corbon o K. Rahner–, meditamos sobre “cómo vivir debidamente la vida diaria, la muy vulgar vida diaria, que, bien llevada, con todas sus fatigas, es la mejor preparación para la Comunión”, en palabras del Papa Francisco.
  Pudimos sumergirnos en Jesús de Nazaret, en el Jesús oculto, en el Jesús en quien Charles de Foucauld encontró los pasos a seguir: el Jesús que calla, el Jesús pobre, el Jesús que trabaja. En este sentido, como dice Ratzinger, “la nueva alianza no se inicia en el Templo, ni en la montaña, sino en el humilde hogar de Nazaret, en la casa de un trabajador, en un lugar olvidado de la Galilea de los paganos, de donde nadie se esperaba que pudiera salir algo bueno”. Una vida diaria a la que nosotros hemos sido enviados, y en la que el Señor, con su ejemplo de Nazaret, nos invita a zambullirnos.

  En el centro del día, como es habitual los días de retiro, celebramos la Eucaristía y, tras la plática de la tarde, tuvimos un rato de oración con el Santísimo expuesto, finalizando con el rezo de Vísperas

miércoles, 1 de octubre de 2014

Martín


¿Qué tal estás viviendo tu entrada en el Seminario?

Puedo hablar de mi entrada en el Seminario desde distintos planos: Por un lado, lo estoy viviendo como un regalo del Señor, absolutamente inmerecido; la posibilidad de formar parte de una comunidad discipular del Señor es una gracia. También una aventura; este aspecto de aventura sería el otro plano que resaltaría. A veces tengo la sensación de estar empezando de cero constantemente, siempre asumiendo tareas que no he hecho nunca, o que te desbordan. Aún así, creo que es positivo vivir el Seminario de esta manera, porque se manifiesta que la tarea no es esencialmente tuya; y, aunque esto puede dar un poco de vértigo, pienso que pone a cada cual en su sitio: al Señor en el primer y principal lugar, y luego a la persona, en este caso yo, que le respondo. Pero Él siempre nos primerea, como dice el Papa. Confío en quien me ha llamado, y le pido que aumente mi confianza en Él cada día. Me doy perfecta cuenta de que el Seminario es formativo en toda la amplitud de la palabra. Esto, por supuesto, cuesta; y, a la vez, es un momento de bendición que ayuda a ir conformando tu vida con la del Señor. Y es aventura también porque el Señor llama para algo; y ese algo, la misión, es siempre una aventura apasionante.

Antes de entrar al seminario, ¿cómo era tu vida?

Mi vida antes de entrar en el Seminario era —creo yo— bastante normal. Siempre he sido una persona con muchas ocupaciones, vivo el tiempo como un regalo de Dios y no me gusta malgastarlo. Gracias a Dios tenía un trabajo que me encantaba, y las tardes las dedicaba a seguir formándome. Yo estudié Periodismo, y después, Derecho. Trabajaba en el Museo de la Catedral de la Almudena, donde era responsable de prensa, y además realizaba visitas guiadas. Un trabajo precioso donde además podía poner al servicio de la Iglesia la formación que he recibido. Por las tardes estudiaba Ciencias Religiosas en San Dámaso (la Facultad no me ha sido desconocida este año). Y mis ratos de ocio los dedicaba a hacer cosas bastante normales: hacer deporte, y a compartir mi tiempo con la familia y mis amigos. Ya tenía en mente independizarme no dentro de mucho: de hecho, tenía el piso ya preparado para ello, cuando decidí entrar en el Seminario.

¿Cómo está viviendo mi familia y amigos esta nueva etapa de mi vida?

Comienzo con mi familia: en el núcleo más cercano, padres y hermano, la cosa ha ido evolucionando. Al principio se lo tomaron un poco regular: no entendían por qué dejaba una vida más o menos estable y ya formada en bastantes aspectos (comprendo que no lo entendieran, ….yo al principio tampoco entendía nada). El Señor, que es muy grande, ha ido trabajando en ellos, como también ha trabajado y trabaja en mí y, a día de hoy, están muy contentos. La separación física es dolorosa, pero también es cierto que no soy un niño. El resto de mi familia se lo tomaron desde el principio muy bien, y se sorprendieron bastante poco, la verdad.
Respecto a mis amigos: tengo que dar gracias a Dios, porque me ha regalado muchísimos amigos y muy variados, en muchos sentidos, también en cuanto a la fe. Tampoco entre ellos ha habido mucha sorpresa, la verdad. Y desde el principio me han dado su apoyo; incluso personas alejadas de la vida de la Iglesia se preocupan por mí con mucho cariño. Se lo agradezco mucho a todos. Rezo por todos, por mi familia y por mis amigos.

¿Nos puedes contar alguna anécdota curiosa hasta ahora en el Seminario?

Aquí me pillas un poco... Yo creo que así, como curiosidad reseñable, desde que entré hasta hoy no ha habido. Se me viene a la cabeza la primera vez que vine a hablar con el rector yo solo (porque la primera vez vine acompañado de mi director espiritual); y venía con mi coche, tan nervioso, que tomé una rotonda al revés.....bueno, no pasó nada (era un día de verano, poco después del mediodía, y no había casi nadie por la calle...)

¿Qué consejo darías a una persona con inquietud vocacional?

Bueno, no creo que descubra nada en este sentido. Yo puedo contar mi experiencia, y a mí me ha ido bien: En primer lugar, confiar en el Señor; Él bendice nuestros actos de confianza. La dirección espiritual es esencial, hablar de lo que te pasa con un sacerdote. A mí me ocurría que no sabía explicar muy bien qué me pasaba, y eso te puede cortar un poco, pero yo le debo mucho a mi director espiritual, al que tengo un verdadero cariño de hermano. También me fue de ayuda leer la Palabra de Dios: bueno, de hecho, al principio yo no quería de ninguna manera oír hablar de que el Señor me estuviera llamando al sacerdocio; y cuando la Palabra que leía era muy evidente, me cabreaba un poco, cerraba la Biblia y dejaba de leer. A veces pasa que no queremos escuchar. Pero el Señor no se cansa de hablarnos. Y, claro, es necesario ponerse a la escucha, rezar mucho y, especialmente, a la Virgen. Luego toca ir dando pasos, tomando decisiones, unas más costosas que otras. Hay unas palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium que expresan a la perfección lo que el Señor me regaló vivir en este sentido: <<Cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya lo esperaba con los brazos abiertos>>; y esto es muy hermoso. Así que a todo aquel que se esté planteando si el Señor le puede estar llamando al sacerdocio, le diría que confíe en el Señor y se ponga en camino, y Él irá hablando, y con seguridad será para bien; Él quiere nuestro bien más que nosotros mismos. ¡Ánimo, vale la pena!

Fernando Caballero



¿Cuándo y cómo te diste cuenta que Dios te llamaba?

   Desde que tenía unos 13 años, pertenecí al grupo de jóvenes de la parroquia de S. Pedro de Alcalá, en el que viví la fe con gente de una misma edad y con la guía y compañía de varios sacerdotes. Con ellos hicimos un viaje a Covadonga en el que, entre otras cosas, celebramos una adoración del Santísimo en una capilla de la Basílica del Santuario. Durante este tiempo de silencio y oración, Dios puso en mí un deseo muy fuerte de ser sacerdote, de entregar mi vida a Él y al servicio de su Iglesia siendo sacerdote. El cura nos había exhortado durante la oración a que le preguntáramos qué quería Dios de nosotros, que nos mostrara el camino que tenía preparado para nosotros. Y eso fue lo que hice, y Dios respondió. Todos mis planes, mis proyectos (quería estudiar Medicina en la universidad), cambiaron por completo, pero para bien, porque Dios se encargaba de que todos los anhelos de mi corazón, todas las aspiraciones que tenía, reconducirlas todas y engrandecerlas en esta vocación que me ofrecía. Como esto era tan grande para mí, y para que me confirmara que era Dios quien estaba llamando a mi puerta, se lo conté aquella misma noche al sacerdote que nos acompañaba en el viaje. Él me confirmó que era una llamada del Señor e inicié con él un camino de dirección espiritual que fue fundamental para mi vida.

¿Cómo orientaste en tu vida diaria esta llamada?

  Como ya he dicho, lo primero que hice fue hablar con un sacerdote, al que conocía y con el que tenía confianza. Con él comencé a dirigirme espiritualmente, empezando a acompañarme en el desarrollo de mi vocación. Además, el Señor me pedía un compromiso de vida más serio con mi identidad cristiana, pasando por introducirme en la vida de oración y en la confesión frecuente. En cualquier caso, mis metas y proyectos habían cambiado totalmente, por lo que los estudios y todo lo que hacían tenían un nuevo significado para mí: prepararme bien para entrar en el Seminario.

¿Cómo se ha vivido en tu familia y amigos?

La verdad es que mi familia siempre ha sido un apoyo fundamental para mí a lo largo de mi vida, y en este aspecto tampoco se quedaron atrás. Desde el primer momento me apoyaron y ayudaron en todo lo que pudieron, recibiendo con alegría la noticia de mi vocación y de mi decisión de entrar en el seminario. Respecto a mis amigos de la parroquia, también todos se alegraron mucho, y los del instituto, lo respetaron mucho y siempre han estado cerca durante todo este tiempo.

¿Cómo es para un joven se llamado, visto por el mundo?

  La verdad es que uno se encuentra de todo: desde gente que se alegra mucho y me alienta a seguir mi camino a quienes no entienden cómo un joven puede “malgastar” su vida así, dándote prácticamente el pésame. Pero he de reconocer que estos casos han sido los menos frecuentes, y que la enorme mayoría de las personas que me encontraba que no entendían lo que hacía, aunque fuera por respeto, me decían que lo respetaban y que tuviera suerte con lo que había elegido, el típico “bueno, si es lo que te gusta…”, que vale tanto para un seminarista como para un domador de leones.

¿Algún consejo?


Hay dos convicciones que, humildemente, me parece que pueden ayudar a cualquiera que quiera seguir más de cerca al Señor, en el sacerdocio o en cualquier otra vocación cristiana. La primera, es que el mejor amigo del hombre es Dios. Con esta convicción uno puede abrirse con confianza a los caminos que este gran amigo de todo hombre disponga para nosotros. De aquí nace la segunda convicción, y es que, como decía San Benito, “con la poda reverdece”, es decir, que si bien Dios a veces nos pide renuncias y humillaciones muy difíciles de vivir, hemos de saber siempre que Él mismo nos da el ciento por uno colmándonos de bendiciones, de maneras que sólo Él conoce. Por esto, mi consejo es preguntarle cada día qué quiere el Señor de uno, sin miedo y con la confianza de un hijo que, como decía Santa Teresita del Niño Jesús, se arroja no a los pies de su padre, sino a sus brazos. 

Luis Peláez

¿Qué te movió a aventurarte a hacer el Camino de Santiago?

Sobre todo, la conmemoración del VIII centenario de la venida de San Francisco a Santiago. También quería tener un poco de tiempo en el verano para estar sosegado y cargar pilas de cara al nuevo curso en el seminario.

¿Por qué este camino y no otro?

La verdad, porque es un camino que nos queda muy a mano, con mucha tradición y mucha gente. No descarto algún día poder hacer otro camino que va de Asís a Roma y recuerda el viaje que hizo San Francisco para ver al Papa Inocencio III y pedirle que aprobara la orden franciscana.

¿Lo hiciste solo o con alguien?

Lo hice con mi madre de Burgos a Sarria y de Sarria en adelante solo. Fueron etapas muy diferentes, porque en una experimentas lo bueno de la compañía, el dejarse ayudar por los demás, el ver nuestros límites y dificultades y, al mismo tiempo, el estar siempre dispuesto en todo al servicio y al apoyo mutuo; y, cuando vas solo, puedes conocerte más a ti mismo y profundizar más en esta experiencia que los cristianos siempre han concebido como una penitencia.

¿Podrías contarnos alguna experiencia que te sucediera?

Una experiencia muy buena fue que un compañero del seminario, Joseja, iba unas etapas por delante de mí y cada dos o tres días nos llamábamos y me contaba algunos trucos de las etapas siguientes.
Un gran momento fue que, al llegar a Santiago, después de visitar al Santo, fui a ganar el jubileo al convento de los franciscanos. Allí encontré una gran talla de San Diego de Alcalá al que yo siempre le he tenido mucha estima y devoción, porque es el patrón de mi parroquia.

¿Cómo crees que está el aspecto espiritual en el Camino?

Depende de lo que se quiera buscar y qué nivel de fe tenga uno. Me parece una propuesta atractiva a cualquier persona: alejada, cercana o indiferente. Es un gran pórtico de entrada para anunciar a las personas más distantes las grandezas de la fe que profesamos, en un entorno lúdico.

¿Qué se siente después de casi 600km al llegar a la Catedral del Apóstol?

Llegar a la catedral de Santiago es impresionante. Después de tantas noches en el camino llegas con una sensación dulce pero, al mismo tiempo, con las ganas de no querer acabar. Además pude disfrutar mucho de la última noche ya que dormí en Monte do Gozo, a 5 km de Santiago y, a la mañana siguiente, llegué sin que hubiera amanecido a la puerta de la catedral. Pude rezar mucho tiempo ante el cuerpo del Apóstol y visitar la catedral sin que hubiera nadie.

¿Lo recomendarías a alguien?

Se lo recomendaría a todo el mundo.

José Miguel

¿Cómo nace tu vocación?

En mi infancia, en la parroquia del pueblo. Creo que cuando Jesús nos exhorta a ser como niños, nos exhorta a tener una actitud de escucha limpia. Recuerdo mi niñez: esa inocencia, esa claridad. Es fácil escuchar una llamada cuando no se tiene el oído lleno de telarañas. Recuerdo cómo era capaz de escuchar a Dios, que nos habla a través de mediaciones humanas en la Iglesia; qué conciencia clara tenía de lo que Dios había soñado para mí desde toda la Eternidad.

¿Siempre supiste que Dios te llamaba?

Pues para ser sincero diré que lo descubrí pronto: a los 10 años lo tenía muy claro. Pero aquí aparece más tarde el drama del Amor de Dios, y es que Dios ha soñado un plan para cada uno de nosotros, un plan que interpela nuestra libertad. Sí, somos libres, y esta gracia a veces se convierte en drama, pues podemos decirle no a Dios. En mi juventud yo le dije no a Dios. Yo quería ser dueño de mí mismo, no quería contar con Dios, pensaba que Dios me molestaba.

¿Por qué el seminario castrense y Alcalá?

Porque Dios me dio la gracia de descubrir que por mí mismo no soy nada, que su plan para mí era infinitamente mejor que todas las alternativas que yo pudiera montarme por mi cuenta. Digamos que Dios ha inscrito en todos nuestro corazones un deseo infinito de felicidad, de Él, y tuvo en su bondad mostrarme que Él me seguía queriendo como “su sacerdote”. Dios me mostró el verdadero sentido de la libertad: mi libertad era para responder a su llamada de amor. Cuando descubrí esto yo era militar, e ingresé en el seminario castrense. Pero Dios nos llama “carnalmente”: esto requiere una concreción de gentes, y de lugar. Es decir, Dios nos llama en un sitio muy determinado; y, con la ayuda de acontecimientos y personas que Él va poniendo en su Iglesia, te lo va mostrando. Puedo decir que por esto estoy ahora en Alcalá.

¿Tu familia?

Bueno, mi familia en mi niñez lo recibió bien. Aunque no fue tan fácil. Recuerdo cuando dije que me iba al seminario: ¡Uff! Fue un poco “torbellino” en casa la recepción de la noticia. Pero el Señor se encarga de ir poniendo la sensatez, de ir ablandando los corazones. En fin, si a mí me costó mucho tiempo ser dócil al plan de Dios, ahora a mí me tocaba tomar parte en la paciencia que Dios tenía con los míos. No sé si esto es atrevido, pero pude entender un poco cómo Él me veía cuando yo le rechazaba. La cuestión es que, a día de hoy, tres años después del “torbellino”, las personas a las que más les costó aceptarlo están encantadas; creo que el hecho de que yo estoy verdaderamente feliz les ha ayudado a ver.

¿Es respuesta a tu felicidad?

Creo que a esto ya más o menos he respondido. Dios ha inscrito en el corazón del hombre un deseo infinito de felicidad que tú no puedes llenar; creo que cuando descubres que sólo Él es capaz de llenar ese anhelo, eres realmente feliz. Sólo estando en comunión con Él este anhelo se sacia, y la manera de desarrollarse esto en cada uno es particular. Por eso, es importante la actitud de escucha. Jesús me llama a participar de su sacerdocio y ésta es la forma que Él tiene pensada para mí de saciar este deseo. Soy realmente feliz: he descubierto que la felicidad no es solamente un sentimiento, sino una vida plena. Creo que camino hacia la plenitud de la forma que Dios quiere para mí y esto me hace feliz.

¿Algún consejo?

La vocación, cualquiera que sea, es una llamada; por lo tanto, lo principal es escuchar. Escucha y no tengas miedo, sé valiente en responder a la llamada amorosa de Dios. Cuando uno responde a la llamada de Dios, por difíciles que puedan parecer las cosas, siempre habrá una cosa que de otra manera no tendrás, que es una paz y un sosiego indescriptibles. Una última cosa: ama siempre a la Iglesia y fíate de ella.

Álvaro

¿Qué has hecho este verano?

Durante los meses de verano estuve de convivencia con los jóvenes de la parroquia de San Pedro (Alcalá) en el Santuario mariano de Covadonga en Asturias. Después del mismo, estuve en Burgos trabajando en un albergue del Camino de Santiago, llamado Emaús, para acoger a peregrinos. Finalmente, asistí en Pamplona a un curso para seminaristas en el Seminario de Bidasoa.

¿Cuál ha sido tu labor este verano?

El seminario me encargó la tarea de ayudar a Don Fermín –sacerdote responsable de la pastoral juvenil de la parroquia de San Pedro– para que el programa de la peregrinación a Covadonga se desempeñase adecuadamente. También me pidieron ayudar como asistente en el albergue del peregrino Emaús situado en Burgos.

¿En qué ha consistido tu labor en el albergue?

En el albergue del camino de Santiago en Burgos tenía como responsabilidad acoger a los peregrinos que finalizaban su etapa, mantener el orden en el mismo, cocinar, así como otras tareas domésticas, ya que se trataba de que los peregrinos se encontrasen como en casa. Así mismo, nos ocupábamos de que hubiera momentos de encuentro con Cristo; para ello, invitábamos a los peregrinos a que participasen en la Santa Misa, en el rezo de Vísperas o en la adoración al Santísimo Sacramento.

¿Podrías contarnos alguna experiencia?

Durante las semanas que estuve en el albergue puedo contar varias anécdotas; entre ellas, la siguiente: Yo soy poco hábil en la cocina y lo curioso es que los comensales me solían felicitar por los platos que en alguna ocasión preparaba. En verdad, creo que se debía más al apetito que tenían que a mis dotes de cocinero.

¿Recomiendas el voluntariado de albergues?

Es un tiempo de gracia, porque te permite conocer a gente de distintos países y de distintas culturas, y saber que todos en el fondo recorremos un mismo camino en nuestras vidas, que tiene como meta el encuentro con el Señor. Una experiencia que sin duda nos hace salir de nosotros mismos para darnos a los demás.






















Entrevista a Álvaro Martínez
Seminarista de Segundo Curso


Gabriel Rincón

¿Por qué decidiste entrar en el Seminario Menor?
Entré en el Seminario Menor porque el Señor me descubrió la vocación a una edad muy temprana. Tenía once años y estaba a punto de ser confirmado cuando, en una oración, le pregunté al Señor qué quería de mí. En esa oración el Señor me tocó en lo más íntimo de mi alma, despertando un gran deseo de servirle con todas mis fuerzas por medio del sacerdocio. Comencé a acudir a las convivencias de preseminario, ya que el Menor no se abriría hasta septiembre de 2010, fecha en la que entré con catorce años.

¿Cómo fueron esos cuatro años?
Yo los definiría como un camino, a través del cual la Iglesia me ha ido forjando, primero como persona y como cristiano, pero siempre con miras al Sacerdocio. Han sido unos hermosos años de aprendizaje y consolidación de la vocación, que han pasado rápidos pero fructíferos.

¿Por qué decidiste continuar y dar el paso al mayor?
Siendo como es el seminario un proceso de discernimiento, estos cuatro años en él me han servido para confirmar mi vocación, de tal forma que tanto yo como mis formadores hemos visto bueno y oportuno que continuara en el Seminario Mayor.

¿Cómo ha sido el cambio?
La verdad es que ha sido más suave de lo que me esperaba; hay que tener en cuenta que ya me habían precedido cuatro seminaristas que, como yo, venían del Menor pero, pese a ello, ha habido cambio. Sobre todo hay que darse cuenta que en el Mayor hay más independencia que se ha de traducir en una mayor responsabilidad.

¿Algún consejo para algún chico?

Sobre todo, animar a aquel que se esté planteando la vocación –y que no pueda entrar aún en el Mayor– a que no pierda el tiempo y venga al preseminario y al Menor, porque al Señor nadie le gana en generosidad, y será recompensado con creces.