miércoles, 1 de octubre de 2014

José Miguel

¿Cómo nace tu vocación?

En mi infancia, en la parroquia del pueblo. Creo que cuando Jesús nos exhorta a ser como niños, nos exhorta a tener una actitud de escucha limpia. Recuerdo mi niñez: esa inocencia, esa claridad. Es fácil escuchar una llamada cuando no se tiene el oído lleno de telarañas. Recuerdo cómo era capaz de escuchar a Dios, que nos habla a través de mediaciones humanas en la Iglesia; qué conciencia clara tenía de lo que Dios había soñado para mí desde toda la Eternidad.

¿Siempre supiste que Dios te llamaba?

Pues para ser sincero diré que lo descubrí pronto: a los 10 años lo tenía muy claro. Pero aquí aparece más tarde el drama del Amor de Dios, y es que Dios ha soñado un plan para cada uno de nosotros, un plan que interpela nuestra libertad. Sí, somos libres, y esta gracia a veces se convierte en drama, pues podemos decirle no a Dios. En mi juventud yo le dije no a Dios. Yo quería ser dueño de mí mismo, no quería contar con Dios, pensaba que Dios me molestaba.

¿Por qué el seminario castrense y Alcalá?

Porque Dios me dio la gracia de descubrir que por mí mismo no soy nada, que su plan para mí era infinitamente mejor que todas las alternativas que yo pudiera montarme por mi cuenta. Digamos que Dios ha inscrito en todos nuestro corazones un deseo infinito de felicidad, de Él, y tuvo en su bondad mostrarme que Él me seguía queriendo como “su sacerdote”. Dios me mostró el verdadero sentido de la libertad: mi libertad era para responder a su llamada de amor. Cuando descubrí esto yo era militar, e ingresé en el seminario castrense. Pero Dios nos llama “carnalmente”: esto requiere una concreción de gentes, y de lugar. Es decir, Dios nos llama en un sitio muy determinado; y, con la ayuda de acontecimientos y personas que Él va poniendo en su Iglesia, te lo va mostrando. Puedo decir que por esto estoy ahora en Alcalá.

¿Tu familia?

Bueno, mi familia en mi niñez lo recibió bien. Aunque no fue tan fácil. Recuerdo cuando dije que me iba al seminario: ¡Uff! Fue un poco “torbellino” en casa la recepción de la noticia. Pero el Señor se encarga de ir poniendo la sensatez, de ir ablandando los corazones. En fin, si a mí me costó mucho tiempo ser dócil al plan de Dios, ahora a mí me tocaba tomar parte en la paciencia que Dios tenía con los míos. No sé si esto es atrevido, pero pude entender un poco cómo Él me veía cuando yo le rechazaba. La cuestión es que, a día de hoy, tres años después del “torbellino”, las personas a las que más les costó aceptarlo están encantadas; creo que el hecho de que yo estoy verdaderamente feliz les ha ayudado a ver.

¿Es respuesta a tu felicidad?

Creo que a esto ya más o menos he respondido. Dios ha inscrito en el corazón del hombre un deseo infinito de felicidad que tú no puedes llenar; creo que cuando descubres que sólo Él es capaz de llenar ese anhelo, eres realmente feliz. Sólo estando en comunión con Él este anhelo se sacia, y la manera de desarrollarse esto en cada uno es particular. Por eso, es importante la actitud de escucha. Jesús me llama a participar de su sacerdocio y ésta es la forma que Él tiene pensada para mí de saciar este deseo. Soy realmente feliz: he descubierto que la felicidad no es solamente un sentimiento, sino una vida plena. Creo que camino hacia la plenitud de la forma que Dios quiere para mí y esto me hace feliz.

¿Algún consejo?

La vocación, cualquiera que sea, es una llamada; por lo tanto, lo principal es escuchar. Escucha y no tengas miedo, sé valiente en responder a la llamada amorosa de Dios. Cuando uno responde a la llamada de Dios, por difíciles que puedan parecer las cosas, siempre habrá una cosa que de otra manera no tendrás, que es una paz y un sosiego indescriptibles. Una última cosa: ama siempre a la Iglesia y fíate de ella.