miércoles, 1 de octubre de 2014

Martín


¿Qué tal estás viviendo tu entrada en el Seminario?

Puedo hablar de mi entrada en el Seminario desde distintos planos: Por un lado, lo estoy viviendo como un regalo del Señor, absolutamente inmerecido; la posibilidad de formar parte de una comunidad discipular del Señor es una gracia. También una aventura; este aspecto de aventura sería el otro plano que resaltaría. A veces tengo la sensación de estar empezando de cero constantemente, siempre asumiendo tareas que no he hecho nunca, o que te desbordan. Aún así, creo que es positivo vivir el Seminario de esta manera, porque se manifiesta que la tarea no es esencialmente tuya; y, aunque esto puede dar un poco de vértigo, pienso que pone a cada cual en su sitio: al Señor en el primer y principal lugar, y luego a la persona, en este caso yo, que le respondo. Pero Él siempre nos primerea, como dice el Papa. Confío en quien me ha llamado, y le pido que aumente mi confianza en Él cada día. Me doy perfecta cuenta de que el Seminario es formativo en toda la amplitud de la palabra. Esto, por supuesto, cuesta; y, a la vez, es un momento de bendición que ayuda a ir conformando tu vida con la del Señor. Y es aventura también porque el Señor llama para algo; y ese algo, la misión, es siempre una aventura apasionante.

Antes de entrar al seminario, ¿cómo era tu vida?

Mi vida antes de entrar en el Seminario era —creo yo— bastante normal. Siempre he sido una persona con muchas ocupaciones, vivo el tiempo como un regalo de Dios y no me gusta malgastarlo. Gracias a Dios tenía un trabajo que me encantaba, y las tardes las dedicaba a seguir formándome. Yo estudié Periodismo, y después, Derecho. Trabajaba en el Museo de la Catedral de la Almudena, donde era responsable de prensa, y además realizaba visitas guiadas. Un trabajo precioso donde además podía poner al servicio de la Iglesia la formación que he recibido. Por las tardes estudiaba Ciencias Religiosas en San Dámaso (la Facultad no me ha sido desconocida este año). Y mis ratos de ocio los dedicaba a hacer cosas bastante normales: hacer deporte, y a compartir mi tiempo con la familia y mis amigos. Ya tenía en mente independizarme no dentro de mucho: de hecho, tenía el piso ya preparado para ello, cuando decidí entrar en el Seminario.

¿Cómo está viviendo mi familia y amigos esta nueva etapa de mi vida?

Comienzo con mi familia: en el núcleo más cercano, padres y hermano, la cosa ha ido evolucionando. Al principio se lo tomaron un poco regular: no entendían por qué dejaba una vida más o menos estable y ya formada en bastantes aspectos (comprendo que no lo entendieran, ….yo al principio tampoco entendía nada). El Señor, que es muy grande, ha ido trabajando en ellos, como también ha trabajado y trabaja en mí y, a día de hoy, están muy contentos. La separación física es dolorosa, pero también es cierto que no soy un niño. El resto de mi familia se lo tomaron desde el principio muy bien, y se sorprendieron bastante poco, la verdad.
Respecto a mis amigos: tengo que dar gracias a Dios, porque me ha regalado muchísimos amigos y muy variados, en muchos sentidos, también en cuanto a la fe. Tampoco entre ellos ha habido mucha sorpresa, la verdad. Y desde el principio me han dado su apoyo; incluso personas alejadas de la vida de la Iglesia se preocupan por mí con mucho cariño. Se lo agradezco mucho a todos. Rezo por todos, por mi familia y por mis amigos.

¿Nos puedes contar alguna anécdota curiosa hasta ahora en el Seminario?

Aquí me pillas un poco... Yo creo que así, como curiosidad reseñable, desde que entré hasta hoy no ha habido. Se me viene a la cabeza la primera vez que vine a hablar con el rector yo solo (porque la primera vez vine acompañado de mi director espiritual); y venía con mi coche, tan nervioso, que tomé una rotonda al revés.....bueno, no pasó nada (era un día de verano, poco después del mediodía, y no había casi nadie por la calle...)

¿Qué consejo darías a una persona con inquietud vocacional?

Bueno, no creo que descubra nada en este sentido. Yo puedo contar mi experiencia, y a mí me ha ido bien: En primer lugar, confiar en el Señor; Él bendice nuestros actos de confianza. La dirección espiritual es esencial, hablar de lo que te pasa con un sacerdote. A mí me ocurría que no sabía explicar muy bien qué me pasaba, y eso te puede cortar un poco, pero yo le debo mucho a mi director espiritual, al que tengo un verdadero cariño de hermano. También me fue de ayuda leer la Palabra de Dios: bueno, de hecho, al principio yo no quería de ninguna manera oír hablar de que el Señor me estuviera llamando al sacerdocio; y cuando la Palabra que leía era muy evidente, me cabreaba un poco, cerraba la Biblia y dejaba de leer. A veces pasa que no queremos escuchar. Pero el Señor no se cansa de hablarnos. Y, claro, es necesario ponerse a la escucha, rezar mucho y, especialmente, a la Virgen. Luego toca ir dando pasos, tomando decisiones, unas más costosas que otras. Hay unas palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium que expresan a la perfección lo que el Señor me regaló vivir en este sentido: <<Cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya lo esperaba con los brazos abiertos>>; y esto es muy hermoso. Así que a todo aquel que se esté planteando si el Señor le puede estar llamando al sacerdocio, le diría que confíe en el Señor y se ponga en camino, y Él irá hablando, y con seguridad será para bien; Él quiere nuestro bien más que nosotros mismos. ¡Ánimo, vale la pena!